LIBERTAD Y ESCLAVITUD O CAUTIVERIO:
En gracia y libertad nos creó Dios. A su imagen y semejanza. La libertad es lo que más valora el hombre y la esclavitud lo que más le humilla. Esta ansia continua de libertad y repetidas caídas en cautividades es una constante en la historia de los hombres de todos los tiempos, variando su colorido según épocas y circunstancias. Desde el Paraíso del Génesis hasta la apoteosis del Apocalipsis, como expresión de lo que el hombre ha de vivir a lo largo de su trayectoria en este mundo, se nos refleja la historia del infinito Amor Redentor de Dios frente al hombre caído en una u otra esclavitud: El Edén, Egipto, Babilonia, etc. son ejemplo de ese flujo y reflujo del hombre ante Dios, y Dios por el hombre.

Y también, desde el Génesis al Apocalipsis, una mujer campea como signo de esperanza: la Mujer, misteriosamente unida al afán de Yavé: MARÍA, de cuya descendencia había de venir quien aplastase el poder enemigo: CRISTO JESÚS, el gran y único Liberador.

Pues bien, llegamos ahora a principios del siglo XIII de nuestra Historia Cristiana, y arribamos a las costas mediterráneas de España...

¡Cuánto dolor, lágrimas y esperas...! ¡Cuántos cristianos, desaparecidos de sus tierras, gimen en oscuras mazmorras bajo el Islam, por el delito de ser cristianos! Horas interminables vividas entre sufrimientos de todo género, sosteniendo siempre un débil rayo de esperanza de su posible liberación.

Un hombre: PEDRO NOLASCO, nacido hacia el 1180 en la diócesis de Narbona (Francia), y trasladado en su juventud a Barcelona, noble, rico y comerciante, descubre en sus recorridos el infierno de las cárceles mahometanas y el martirio de los cristianos.

Su corazón ardoroso sufre profundamente este triste estado de sus hermanos en la Fe y su peligro de claudicar, y decide dedicar sus bienes a la redención. Otros nobles, amigos suyos, se le unen en tan generoso empeño, mas Pedro ve cómo se agotan sus bienes y el cautiverio sigue en pie en desgarros de dolor pidiendo liberación.

Cuando lo material le falta, acude a la oración, llora y gime ante Sta. María, la Madre de Dios, a quien él tanto ama, pidiendo del cielo una solución. Y como la oración ferviente nunca se pierde, llega la respuesta: Era la noche del 1 al 2 de agosto de 1218. Pedro Nolasco no duerme. La espada de la esclavitud de los cristianos en peligro de perder su Fe le traspasa el corazón..., ¡y ora! Sí, ora intensamente a su Madre del cielo, intercediendo por aquellos sus hijos de la tierra, hace llegar el gemido del cautivo a los pies de la Señora, y... Ella acude, se le hace presente y le dice:

“Es voluntad de mi Hijo y mía que formes una familia religiosa para la redención de los cristianos cuya fe esté en peligro. Yo seré vuestra Madre. Vestiréis de blanco en honor a mi Pureza Inmaculada. Yo estaré con vosotros”.

Espera ansioso el amanecer para ir a la iglesia a dar gracias a la Señora y entrevistarse con el Obispo y el Rey.
Toda Barcelona se conmueve ante la grata nueva y corre la noticia como la pólvora: “La Reina del Cielo ha visitado nuestra tierra para encomendar a Pedro Nolasco la fundación de una Orden Redentora, y al rey Jaime I y al Obispo Berenguer Palau, la ayuda en tan gran obra”.

Y así, el 10 de agosto de 1218, en la Catedral de Barcelona, unidos los tres poderes: religioso en la persona del Obispo, civil en la persona del Rey y canónico en la persona de Raimundo de Peñafort, se funda oficialmente la Orden de la Merced para la redención de los cautivos: Túnica y Escapulario blanco como lo dispuso su excelsa Fundadora, y Escudo compuesto por la barras de Aragón que entregó el Rey y la Cruz blanca de la Catedral que donó su Obispo.

Pedro Nolasco, acompañado de sus nueve compañeros que con él tomaron el santo hábito de Redentores de la Merced, comienza la andadura de organizar una nueva familia religiosa que fuera ejemplo de las nuevas generaciones mercedarias.


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