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Era la noche del 1 al 2 de agosto de 1218. Pedro Nolasco no duerme. La espada de la esclavitud de los cristianos en peligro de perder su Fe le traspasa el corazón..., ¡y ora! Sí, ora intensamente a su Madre del cielo, intercediendo por aquellos sus hijos de la tierra, hace llegar el gemido del cautivo a los pies de la Señora, y... Ella acude, se le hace presente y le dice:

“Es voluntad de mi Hijo y mía que formes una familia religiosa para la redención de los cristianos cuya fe esté en peligro. Yo seré vuestra Madre. Vestiréis de blanco en honor a mi Pureza Inmaculada. Yo estaré con vosotros”.

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